La Imagen desaparece de su nicho
Lorenzo Sapujil, Antonio de la Vega, Ana de Barrios Sarmiento, José de Salas y otros, relatan en su conciso y antiguo lenguaje, este hecho.
Todos los hombres aptos para la guerra estaban, por aquellos días, en los campos de batalla, y sus familiares en el pueblo rogaban a Dios y a la Virgen por la vida de sus seres queridos y por la paz de los hogares.
El anciano Manuel de Salazar, piadoso, lleno de fe en los portentos de su “Morenita”, iba con más frecuencia que los demás a rezar frente a su urna silenciosa. Un día, lleno de asombro, no la encuentra en su lugar. Reviven entonces en su recuerdo las desapariciones de la Imagen y sus idas a la gruta.
¿O tal vez, ahora, alguien la habría sacado para tenerla en su casa, seguro de que estando Ella, no llegarían hasta su familia los indios rebeldes? Pensando estas cosas la busca sin decir nada, pues no quería llamar la atención, pero a pesar de sus silenciosos afanes no la encuentra por ninguna parte. Pensó entonces trasladarse al día siguiente a la gruta, mas al volver a la capilla al caer la tarde, con gran alegría y sorpresa la encuentra en su sitio.
Se pone entonces en guardia y la vigila celosamente. Con cuidado y atención cierra la urna y puertas de la iglesia con buenos herrajes. Y muy a su pesar, el hecho se repite. Comunica lo ocurrido al Cura Párroco y luego a los vecinos, quienes a su vez vigilan la iglesia y sus alrededores. Sin embargo la Imagen desaparece y aparece de nuevo en su nicho estando intactas las cerraduras. El rumor del prodigio corre como un reguero de pólvora por todo el pueblo. ¡Es un nuevo milagro de la Madre del Valle!
A veces se la encuentra con el manto cubierto de polvo, abrojos y espinas. Examínanse las malezas y se determina con certeza que no son de las proximidades sino de los campos en que se libran las batallas.
Las desapariciones de la Imagen apenaban mucho al anciano sacristán, de modo que cuando de nuevo la encontraba en el nicho, cubierta su vestimenta con las señales de sus misteriosas peregrinaciones, se llegaba a Ella y le hablaba con ternura y la reconvencía mimándola con aquellas palabras que todos los devotos de la Madre del Valle sabemos ahora de memoria: “Qué trazas de Madre de Dios… llena de polvo y de cardillos… ¿Hasta cuándo quiere ser tan andariega, que no se ocupa sino en andanzas y no hay forma que sujete y pare en su camarín?… Excúseme de sus paseos, que todo es ponerme en grandes apuros y cuidados, sin saber dónde va, envejeciendo el manto y rompiendo sus vestidos, mire que yo no tengo plata para comprarle nuevos…” Y el viejito sacaba cuidadosamente aquellos abrojos y sacudía los vestidos de una Reina y Madre que salía de su camarín para asistir a sus hijos que peleaban bravamente contra los paganos en defensa de sus familias y su fe.
Por estos prodigios, la Imagen de Nuestra Madre del Valle era cada vez más conocida, amada e invocada. De tal forma continuaron los milagros de toda especie que cual cadenas luminosas fueron uniendo las almas con Dios, e hicieron germinar y florecer radiantes la fe, en este Valle de bendición.
Fuente: Libro “Historia Popular de la Virgen del Valle” del Presbítero Alberto S. Miranda.