El niño mordido por una víbora ponzoñosa

Corría el año mil setecientos cincuenta y dos. Lo que a continuación se narra ocurrió en la localidad de Choromoro, en la jurisdicción de la ciudad de San Miguel de Tucumán.

El presbítero, Maestro Don Pedro Fernández de Agüero, había criado a un muchachito hijo de una mujer desvalida. Por aquellos días lo había mandado a pasar una temporada con la madre.

Sin que lo supiera la buena mujer, instigado el niño por alguno de sus ocasionales amigos, salió de casa en las horas bochornosas de la siesta. Era una de esas siestas tucumanas, húmedas y cálidas, que aplastan los anónimos mejor templados pero que no impiden el vagabundeo de los niños.

En sus andanzas por los potreros de Choromoro, fue a pasar el pupilo del presbítero Fernández de Agüero, por un tupido pastizal. Quiso entonces su mala suerte que pisara una víbora que dormitaba precisamente en el camino por donde iba. El venenoso reptil, rojo y negro, reaccionó instantáneamente clavando sus agudos y mortíferos dientes en el pie del niño. Corrió el desventurado hasta su casa en busca de su madre. Muchos vecinos acudieron en auxilio de estos atribulados y fueron innumerables los medicamentos que se aplicaron al niño. Todo en vano. A medianoche llegó el Pbro. Fernández de Agüero, que había sido llamado de urgencia. Miró al niño y manifestó a los presentes que de no mediar un milagro  el desenlace debía producirse de un momento a otro, pues el veneno de la víbora se había extendido por todo el organismo y era imposible que aquel cuerpo siguiera con vida.

Un murmullo de profunda consternación se sintió correr entre los vecinos que llenaban la humilde pieza. De inmediato todos vieron a la desventurada madre caer de rodillas junto al lecho de su hijo que agonizaba; y allí clamó, con voz transida de angustia y dolor:

“Virgen Santísima del Valle, ¿podrías acaso permitir la muerte de mi hijo en estos lugares y de manera? A vos acudo, Madre de piedad, para que no muera mi hijo. Te prometo que en cuanto mejore te haré cantar una misa aquí, ya que no puedo ir al Valle”. Tal la oración confiada y dolorida de una madre torturada. Y la Virgen del Valle la escuchó.

Pues según la declaración del testigo número 32 de la Información Jurada, el mal cesó al punto y súbitamente el niño se aquietó en sus convulsiones. Al día siguiente estaba deshinchado y tan sano y alegre como antes que lo mordiera el ponzoñoso reptil.

La Virgen del Valle lo ha curado, dijeron con ánimo convencido quienes habían presenciado, la noche anterior, el estado y el cuadro agónico del niño. Sólo un milagro pudo salvarlo de la muerte.

Fuente: Libro “Historia Popular de la Virgen del Valle” del Presbítero Alberto S. Miranda.