La Tucumana agraciada
Corría el año 1744, cuando llegó a Catamarca una piadosa peregrina tucumana, doña María Josefa Robles, con el fin de cumplir una promesa que debía a la Virgen del Valle.
Ella misma narraba lo ocurrido a quienes quisieran escucharla.
Hacía mucho tiempo, cuando era niña, sufrió un grave accidente. Parecía condenada a morir, pues a pesar de que su padre le procuró atención y medicamentos, se encontraba cada vez peor.
Vino entonces a conocimientos de aquel angustiado padre, la noticia de los prodigios obrados en Catamarca por intercesión de la Virgen del Valle.
Lleno de hondo y cristiano fervor clamó a la Virgen del Valle pidiendo la salud de su hija. Como una señal de gratitud, prometió llevarla a Catamarca tan pronto estuviera sana.
Al punto comenzó la mejoría. Quienes le administraban medicamentos y la colmaban de cuidados, no cabían de asombro por tan inesperado cambio. Y por fin poco tiempo después, la niña quedó sana del tono.
Pasaban los días y el viaje a Catamarca era aún imposible de realizar, no obstante la buena disposición de todos. Entonces enferma el padre, y pocos días después muere. Lógicamente el viaje se hizo aún más difícil.
Habían pasado veinte años de lo acaecido, y se olvidó totalmente la promesa de la visita a la Virgen en Catamarca, cuando ocurrió algo insólito. Una mañana despertó demente. Padecía una locura total.
Vagó en más por los senderos y heredades de sus vecinos, pacíficos labriegos, dando voces y perturbando el ánimo de amigos y conocidos.
Cierta mañana, tuvo una fugaz lucidez. Entonces recordó la promesa incumplida y se dijo: “¿Será que el Cielo quiere recordarme con esta enfermedad la deuda que aún tengo con la Madre del Valle de Catamarca?”
Allí mismo renovó su promesa y propósito de viajar enseguida al Santuario de la Virgen, para cumplir lo prometido.
Volvió la enajenación. Cayó luego en un sueño profundo y reparador del que despertó sana.
Reunió entonces a sus hermanos y les comunicó su determinación, pidiéndoles la acompañaran a Catamarca. Cavilosos, intentaron disuadirla, pues temían se enfermara más o muriese en el camino. Pero doña María Josefa se mantuvo firme.
Le propusiera entonces consultar sobre la materia con personas autorizadas, pidiendo la conmutación de la promesa. Pero ella les advirtió que de todos modos se pondría en camino porque juzgaba que era tal lo que debía hacer. De esta manera, los obligó a emprender viaje con ella rumbo a la Iglesia Matriz de Catamarca.
En la dura travesía de aquel entonces, mantuvo la peregrina un ánimo tranquilo y placentero, sin experimentar contratiempo alguno.
Llegó así a las plantas de la Virgen para agradecerle el doble beneficio que le había concedido con su poderosa y maternal intersección.
Las viejas crónicas dicen que en adelante “no sintió ni fatiga grande ni pequeña”.
Fuente: Libro “Historia Popular de la Virgen del Valle” del Presbítero Alberto S. Miranda.