Sana prodigiosamente al Presbítero Don Francisco de Cubas
El Maestro Pbro. Don Francisco de Cubas, Juez en la causa de las muchas veces mencionada Información Jurada de los milagros de la Virgen del Valle, recibió también en su persona un prodigioso favor del Cielo, por intercesión de la Santísima Virgen.
Este señor cayó enfermo gravemente, y sintiéndose desfallecer, llamó a su hermano, Don Esteban de Cubas, ilustre progenitor de la larga familia de tal apellido en Catamarca; le dijo que se sentía mortalmente herido por la enfermedad y estaba seguro de no poder salir con vida de ella.
Como había enfermado estando en la capilla de Piedra Blanca, recién a los tres días fue llevado a su casa, pues el mal seguía rápidamente su obra destructora.
Lo asistían varias personas y el médico Francisco de Herrera. A pesar de todo, a los tres días de enfermar perdió el conocimiento, padeciendo una fiebre altísima. Lafone Quevedo escribe al respecto: “y era como si respirara fuego por todos los poros, envuelto en vivas llamas que hacía a todos intolerable el tocarlo, hasta los nueve días y medio, desahuciado ya por dicho médico (Dr. de Herrera) y por otros que, aunque no lo eran de profesión, tenían mucha aplicación y experiencia”.
Comenzaron a llorarle como muerto pues se habían perdido definitivamente las esperanzas de salvarlo, y se oían gemidos y se notaba desesperadamente por toda la casa. A la infausta noticia comenzaron a llegar amigos y vecinos, quienes se reunieron en su cuarto: el piadoso y benemérito Don Esteban de Cubas, el Pbro. Don Juan Alonso Gordillo, el Cura de la Matriz, el Maestre de Campo, Pedro de Agüero. Y entonces Don Esteban, lleno de fe, clamó a la Santísima Virgen del Valle por la salud de su hermano; hizo esta súplica como único y último remedio para el moribundo sacerdote, haciendo al mismo tiempo una formal promesa. Y he aquí que el sábado, a las once de la noche, inesperadamente el enfermo llamó con voz viril y fuerte a su amigo el Maestre de Campo, Don Pedro de Agüero, para decirle alegremente: “Amigo, ya estoy bueno”. Al principio todos juzgaron que era delirio, pero él continuó hablando lleno de gozo el semblante y diciéndoles: “Ya no tengo calentura, la Virgen me ha curado”. Examinándolo y vieron que habían desaparecido repentinamente todos los síntomas del mal. Sólo quedaba, como vestigio de su lamentable estado de moribundo, un cuerpo cadavérico por la extenuación.
Se lamentaba acongojado el convaleciente porque en aquellos días había comenzado el Octavario dedicado a la Santísima Virgen del Valle y él no podría asistir siquiera a la procesión final. Mas pedía ardientemente poder hacerlo.
Y he aquí que en las vísperas de la Octava de las fiestas de la Purísima Madre del Valle, burlando la vigilancia de quienes lo cuidaban, se levanta, monta en un brioso caballo y se dirige al galope hacia la ciudad. Su hermano Don Esteban estaba con su señora y algunos criados en una chacra vecina al camino que el sacerdote debía recorrer; quedaron pasmados de lo que sus ojos veían… ¿Sería posible? Un hombre que más parecía un esqueleto, pues sólo tenía piel y huesos, ¿montar a caballo y moverse con tanta agilidad?
A sus voces se detiene un momento, y Don Esteban le reprocha tan gran desatino; pero el Presbítero le responde: “¿Sabes tú? Quien me volvió a la vida, cuida de ella… voy a verla…” Y picando espuelas a su caballo siguió con rumbo a la ciudad. Salieron para darle alcance, pero no lo consiguieron.
Después de visitar a la Virgen, regresó tarde a su casa y durmió esa noche en el patio. Muy de mañana fue a la iglesia, donde cantó misa en el altar de la Virgen en acción de gracias; por la tarde, en la procesión, cargó la Imagen y cantó y rezó en alta voz sin sentir ningún retroceso en su salud.
El y su hermano Don Esteban habían sido premiados por la Virgen Santísima, pues el segundo recibió también una gracia muy grande con la salud de su hijita que, con dos años apenas, llamaba a la Virgen “Mama Achachita” (Madre hermosa) y sentíase tranquila y gozosa cuando se encontraba cerca de su Imagen bendita.
Así cura y protege la Madre Santísima del Valle a quienes de veras la aman.
Fuente: Libro “Historia Popular de la Virgen del Valle” del Presbítero Alberto S. Miranda.