La Indiecita bailarina
Era por el año 1764. La fama de los prodigios de la Virgen del Valle volaba por los llanos y las montañas de Catamarca y llegaba a muchas provincias vecinas.
De todas partes acudían confiados para expresarle gratitud y pedirle nuevos favores. Sus festividades eran ya grandiosas y los piadosos romeros venidos de lejos, como los habitantes de la ciudad, rivalizaban en los modos de agasajarla. Las expresiones de sus almas sencillas y agradecidas no tenían límites. Desbordaban sus corazones en plegaras y cánticos, y hasta se sucedían endechas y danzas típicas ante la Imagen de la Celestial Señora. De tal modo en la ciudad de Valle, se evocaban las bíblicas danzas del Rey poeta frente al Arca de la Alianza en el Antiguo Testamento.
Los indios cristianos eran los más expresivos y animosos en sus manifestaciones de alegría y gratitud.
Por aquel año preparaban para el final de las fiestas a delicadas doncellas bailarinas para que honraran a la Santa Madre del Valle con sus danzas primitivas.
Iban terminando ya las tradicionales fiestas, cuando una tarde Don Francisco Mercado y Reinoso, Cura Interino, que había sido de los naturales y a la sazón era Comisario, recibió la visita de una delegación de indios.
Venían a consultarle diversos problemas relacionados con el final de las fiestas. Y le traían a solucionar uno de especial importancia para ellos.
-¿Recuerda su Merced Don Francisco –dijo uno- a la indiecita doncella que tan bien bailaba ante la Virgen el año pasado? Está tullida de ambas piernas y no puede moverse por los propios medios, y sufre mucho.
El jefe de la delegación explicó entonces que la indiecita, a pesar de encontrarse postrada, pedía insistentemente ir a la procesión, asegurando que podía danzar de alguna manera si la llevaban, porque la Virgen la curaría estando en su presencia, y que lloraba con desconsuelo y desesperanza cuando le decían que no debía ir, porque así no servía a la Virgen. La delegación pidió entonces a Don Francisco Mercado y Reinoso que él, tan respetado y querido por todos los indios, enviara un mensaje a la indiecita para que no salieran de la casa y se aquietara y sosegase en sus porfías.
Pero el piadoso y comprensivo Don Francisco pensó y dispuso las cosas de otro modo. -¿No veis, les dijo con tono paternal, que ese desconsuelo y afán no significan otra cosa que deseo de ver a la Santa Virgen Nuestra Señora del Valle? Su porfía es fruto de su devoción y su fe. Los indios lo miraban atentos y con evidentes gestos de aprobación… –Vístanla ustedes –continuó diciendo- y traten de hacerla llegar a la iglesia. Y con estas palabras despachó cariñosamente a la pintoresca delegación.
Grande fue el contento de la piadosa indiecita cuando supo la determinación, más aún la orden de Don Francisco.
Trajera con ropas de vistosos colores y resplandeciendo el rostro por intensa y desconocida alegría, llegó a la iglesia en brazos de sus familiares. Todos cuantos la miraban experimentaban lástima y ternura al verla tan imposibilitada. Estaba irremisiblemente paralítica.
Pero la Madre del Valle había dispuesto premiar la fe de la indiecita. Allí mismo se realizó el prodigio.
A su pedido la habían dejado en el suelo entre las doncellas danzarinas que debían bailar en honor de la Santa Imagen. En medio del asombro de todos, cuando la Madre del Valle salió de la iglesia en sus andas, repentinamente la indiecita enferma se puso de pie y comenzó a bailar con gracia y galanura que las otras danzantes no pudieron igualar.
La Virgen del Valle la había curado milagrosamente en un instante. Desde ese momento quedó completamente sana, sin volver a sentirse nunca indicios del terrible mal.
Fuente: Libro “Historia Popular de la Virgen del Valle” del Presbítero Alberto S. Miranda.