El milagro de la pólvora

Estaba por comenzar el solemne Octavario de las fiestas en honor de Nuestra Madre del Valle. Don Diego de Guzmán y Mercado, solicitó Mayordomo de la Cofradía, había mandado preparado mucha pólvora para las festividades. Porque en aquel año de 1754, como ahora, tanto en la ciudad capital como en los apartados pueblitos de nuestra campaña, las bombas de estruendo son una cosa necesaria para realzar “las fiestas”, como generalmente se las llama.

Trasladémonos a la casa del Mayordomo Guzmán y Mercado. Ya salía el sol cuando llamó a su esclava Juliana, devota de la Virgen como él, y le ordenó poner a secar una arroba de pólvora con el fin de hacer preparar las bombas para el primer día de las fiestas.

La humilde y obediente mujer extendió, conforme a la orden recibida, en una batea de madera la indicada cantidad de pólvora, dejándola al sol todo el día, de modo que al atardecer vino a quedar aquello más seco que una yesca.

Antes de que rocío comenzara a cernirse, el señor de la casa manda a otra criada que guarde la pólvora, la que fue colocada en una amplia alacena en que también acostumbraban guardar velas y otros enseres de alumbrado.

Terminados los quehaceres que tenía en manos la sirvienta Juliana, y como había anochecido completamente, se le ordenó encender luz en las habitaciones. Penetró en el dormitorio de los señores y encontró que las velas de la repisa se habían consumido, por lo que dispuso sacar otras de la alacena mencionada. El lugar estaba muy oscuro, por lo que trajo de la cocina un enorme tizón que despedía rojizas llamaradas; abrió la alacena e introduciéndolo sopló con todas sus fuerzas a fin de que la llama fuera más viva y grande, mientras metía la cabeza para ver dónde se encontraban las velas. El tizón despidió una nube roja de chispas, a la par que la llama se levantaba y desprendía en todas direcciones, cortándose en pequeñas lengüitas; la pobre esclava vio la batea de pólvora sobre la que caían innumerables chispas encendidas; advirtió el espantoso fin de todo aquello y gritó horrorizada: VIRGEN DEL VALLE; permaneció allí, paralizada de espanto. ¡No ocurrió nada!

Al oír el grito de la mujer acudieron algunos sirvientes, luego los mismos dueños de casa y los vecinos, Don Juan de Vergara y Doña Luisa de Agüero, comprobando cómo quedaba la pólvora reseca: copitos de ceniza, residuos de otras tantas chispas encendidas que habían caído, sin contar la misma llama del tizón.

Allí mismo elevaron sus plegarias a la Madre amorosa del Valle, que nunca desoye a quienes la invocan en los momentos de aflicción.

Levantándose de donde se habían postrado para orar, dijeron con el corazón lleno de gozo: “Un milagro más de la Virgen del Valle… Bendita sea nuestra Madre”.

Así podríamos seguir narrando millares de prodigios de la Santísima Virgen del Valle.

 

Fuente: Libro “Historia Popular de la Virgen del Valle” del Presbítero Alberto S. Miranda.