La Cadena del Milagro

La cadena de oro o del milagro, como generalmente se la llama en Catamarca, es una de las joyas más antiguas que se conocen en el tesoro de Nuestra Madre del Valle. Posiblemente fue donada a la Virgen allá por los años de 1680. 

Aún en la actualidad esta joya de la Virgen se encuentra rodeada, sobre todas las demás, por una especie de nimbo misteriosamente protector. No está vigilada ni cuidada con tanto esmero y solicitud como los demás objetos de valor, a pesar de su elevado precio material, sin embargo, a través de tres siglos, nadie se atrevió a robarla. La tuvieron muchas manos, visitó casas, pernoctó en ellas, varias veces pasó a manos extrañas, pero siempre volvió intacta a poder del señor Cura Párroco, su guardián inmediato.

Y como hace trescientos años, allí permanece con sus veintiún eslabones gruesos en forma elíptica; con su longitud total de un metro quince centímetros, doblada como las cadenas de cuello, con su pelícano de oro macizo de 18 quilates, de siete centímetros de largo por cinco de ancho, con un peso de setenta y cinco gramos, teniendo en el pecho, lomo y alas, incrustadas nueve esmeraldas.

Allí está como en el tiempo de su llegada desde el Perú a estos Valles… no es artística pero sí rica y sólida como la fe de luz inconfundible que con ella penetra en los hogares dolientes.

Su historia, según las declaraciones de casi la totalidad de los testigos de 1764, cuando se relató oficialmente, es como sigue:

Por 1630 salió de Perú, atravesando las provincias del antiguo Tucumán, un caballero muy rico, pero tullido y desahuciado por los médicos que intentaron curarlo. Sin duda salió de su patria en busca de una salud que le faltaba a cambio del dinero que tenía de más.

Los milagros de la Sagrada Imagen entrada en una cueva de Choya, eran conocidos ya en muchas leguas a la redonda; por eso en su camino llegó a enterarse de ellos. Con las ansias de sanar no escatimó un esfuerzo más en su duro viaje; transportado por sus servidores pidió ser llevado al Santuario de la portentosa Imagen.

Los declarantes dicen, con frases lapidarias y solemnes como las del Evangelio: “Obtuvo la salud”. Sí, a los pies de la Santísima Madre el Valle, aquel hombre, tras largos y penosos caminos, y después de gastar grandes sumas en médicos y curanderos que no lo mejoraron, vino a encontrar la tan anhelada salud a los pies de la Sagrada Imagen de Nuestra Señora del Valle, con sólo invocarla confiado. En agradecimiento de tan señalado favor, le dejó su magnífica cadena de oro.

Volvía, ya sano, cuando al cruzar por la jurisdicción de Santiago del Estero, se encontró con un antiguo  conocido, el que, viéndole libre de sus viejas dolencias y tan contento y bien dispuesto, lo felicitó congratulándose de su estado.

El favorecido cuenta a su amigo los pormenores del milagro realizado en su persona, diciendo que es a la MEDICA SOBERANA de los Valles catamarqueños a quien debe su salud; que Ella lo había curado. Después agrega (en mala hora lo hizo) que lo había curado gracias a su hermosa cadena de oro, que debió dejarle en pago…

Hablaron luego de diversos asuntos y al cabo cada cual siguió su camino.

Llegó la noche y el regocijado peruano dispuso pernoctar en el campo; sano y expedito de sus estorbos se metió en la cama durmiéndose como hombre de robusta y completa salud. Mas, al amanecer, los servidores se despiertan con los ayes lastimeros de su mano. Habían vuelto, más crueles que antes, los pasados dolores; allí estaba en su lecho retorciéndose, tullido de nuevo y más desesperado que nunca. Sus asustados criados lo rodearon para auxiliarlo; buscaban medicamentos, trataban de arreglar el desordenado lecho, cuando llenos de sorpresa y no poco espanto encontraron, bajo las almohadas, la cadena que días antes había dejado el rico caballero a los pies de la Sagrada Imagen de Nuestra Señora del Valle.

Fue, sin duda, una prueba de fuego que la Santísima Virgen quiso poner a la fe del hombre, dándole al mismo tiempo una saludable lección, a él y cuantos con el correr de los siglos, se le acercarían, para que sepan que Ella no vende sus mercedes, así como una madre no vende el cariño a sus hijos.

Algunos testigos declarantes concluyen diciendo que el peruano, lleno de arrepentimiento por lo que había dicho, y con la amargura de verse así castigado, organizó de inmediato la expedición de regreso al Valle de Catamarca, donde nuevamente puso a los pies de la Taumaturga la joya y que Ella por segunda vez, lo dejó completamente sano, mientras él dejaba para siempre la rica cadena.

Fuente: Libro “Historia Popular de la Virgen del Valle” del Presbítero Alberto S. Miranda.