La Indiecita privilegiada

En la declaración Jurada en que se narran los hechos portentosos obrados por intercesión de Nuestra Madre del Valle, uno de los principales y más calificados testigos es Don Juan Ascencio de Vera y Sánchez.

El mismo fue favorecido en su casa con un señalado prodigio de la Madre del Valle.

Quedó grabado este hecho portentoso en el ánimo de cuantos lo presenciaron, y en sus días causó un sagrado pavor que duró mucho tiempo, al considerar la tan visible protección divina por intercesión de la Virgen del Valle.

El mismo Don Juan Ascencio Vera y Sánchez narra y jura ante Dios Nuestro Señor decir verdad de lo que sigue:

Como mayordomos que eran, él y su señora, en las solemnes fiestas de la Virgen del Valle, andaba por aquellos días muy afanado en los preparativos. Como verdadero devoto de la Santa Virgen, había puesto todos sus bienes y haciendas bajo el amparo de su manto milagroso.

Aquel día bajó de su chacra a la ciudad, y cumplidas las diligencias que lo preocupaban por las festividades mencionadas, volvió a su casa.

Tenía entre su servidumbre una india Mocovita y un indiecito hijo de la mujer. Ambos eran él esquivos y huraños, y a pesar del buen trato que les daba, siempre que podían huían de su presencia.

En aquella oportunidad, su esposa los había puesto a fabricar ollas de barro, dándoles como ayudante una indiecita muy hábil en ese trabajo. Por curiosidad, se había llegado también al aposento en que trabajaban, un hijo pequeño de don Juan Ascencio.

Cuando Juan Ascencio iba llegando a la casa montando un caballo, oyó que el indiecito decía a su hijo, medio gritando y con un timbre de alegría en la voz… “áy viene el amo… áy viene el amo tu padre…”

Mayor fue su sorpresa cuando vio aparecer en la puerta, junto a su hijo, al indiecito y su madre con rostros alegres y como para recibirlo. Era algo que nunca había ocurrido, pero apenas se alejaron unos pasos del aposento, se derrumbó estruendosamente e inesperadamente el techo del mismo. Una nube de polvo lo envolvió todo… Cuando la brisa despejó un tanto el lugar del accidente, Juan Ascencio y todos los que habían acudido al ruido del derrumbe, vieron algo verdaderamente extraordinario y milagroso. La indiecita que no había tenido tiempo de salir, estaba allí medio asustada pero sonriente, de pie entre las ruinas del techo aplastado. Permanecían aprisionados los pies por una especie de anillo o círculo formado por el material unido. De allí la sacaron dos vecinos sana y salva. Esto es verdaderamente maravilloso –expreso don Juan Ascencio–, el techo tiene media vara de terrado en grueso y no veo agujero alguno. Es un milagro de la Virgen Santa del Valle por quien anduve trabajando hasta hace un momento. Ella no podía permitir que me ocurriera ninguna desgracia.

Y para que todos tuvieran claro conocimiento de que él no se equivocaba al hablar de aquella manera, llamó a la india que se acercó ahora temblorosa y huraña. “Oíste crujir el techo?” le preguntó con suavidad.

–No, mi amo –contestó hosca la india.

–¿Por qué saliste entonces con tanta premura de la pieza?

–Fue porque mi hijo gritó diciendo que venía el amo.

–Nunca saliste a recibirme, por el contrario siempre me huyes…

–Yo no sé, mi amo, pero en aquellos momentos sentí una rara alegría y grandes deseos de salir de inmediato cuando sentí gritar a mi hijo, amito.

Es la Madre del Valle que no hace a medias las mercedes –dijo un vecino–. Así como impulso a salir a los tres, salvo también a la indiecita que no tuvo tiempo de huir del peligro. La Madre Santísima del Valle –concluyó don Juan Ascencio de Vera y Sánchez, persignándose devotamente- nos colma de generosa recompensa por cualquier cosa que hagamos en su honor y por su culto. Bendita sea mil veces la Santa Virgen, nuestra Buena Madre del Valle, iban diciendo los vecinos mientras se dispersaban volviendo despaciosamente a sus labranzas.

Fuente: Libro “Historia Popular de la Virgen del Valle” del Presbítero Alberto S. Miranda.