Una conversión
Estaba un día Don Bernabé Correa y Navarro descansando en su domicilio, cuando recibió inesperadamente la visita de un viejo amigo. Muy a menudo habían tenido acaloradas discusiones porque Don Bernabé era hombre que vivía conforme a la moral cristiana, y por el contrario su amigo persona de torcidas costumbres y vida disoluta. Era vox populi que tal señor no creía ni en Dios ni en el diablo.
Pero aquel día penetró a su casa con porte decoroso y humilde maneras. Estaba cambiado.
– Vengo, Don Bernabé –le dijo- a cortarle algo muy interesante. Usted, que es tan bueno hijo de la Virgen del Valle, podrá hacer público en su honor cuanto le diga.
Ambos se sentaron despaciosamente, rodeándoles en un amplio aposento ese sosiego propio de muestras antiguas casas coloniales.
– ¿Por qué quiere ocultar su nombre, lo interpretó Don Bernabé.
– Porque tiene demasiado barro –respondió- para mezclarlo con el nombre purísimo de la Santísima Virgen del Valle.
Gruesas y copiosas lágrimas rodaban silenciosamente por sus demacradas mejillas mientras narraba humildemente a Don Bernabé una síntesis de su vida.
– Era mi existencia –le decía- como una bolsa enorme de vicios y podredumbre. Mi vida sólo podía tener un fin: el infierno.
– Dios es misericordioso –intervino Don Bernabé- y su Santa Madre del Valle María pide por sus hijos más necesitados.
– Es sin duda lo que me preservó del infierno –continuó-, sin duda la intercesión de la Madre Santísima del Valle es la que me da la gracia de estas lágrimas y de este arrepentimiento.
Se acomodó de nuevo en la silla y narró lo siguiente: Llegué un día no sé cómo a conocer la miseria moral en que me hallaba sumergido. Una noche sentí sobre los techos de mi casa un desmedido tropel. No había animal capaz de producir estruendo semejante. Después de largos años pensé que podía haber Dios y que Él estaba airado por mi conducta. Una legión de demonios bailaba sobre los techos gozando por mi rutina. Y esto no ocurrió sólo aquella noche, sino también a la siguiente y otras muchas. El fragor y fatídico tropel se repitió innumerables veces sobre mi casa.
El hombre se ponía nuevamente lívido al recuerdo de sus desventuras. Don Bernabé, para alentarlo, le dijo algunas buenas palabras, y el converso continuó: Decidí ir a la Iglesia Matriz. A pesar de mi mala vida e incredulidad deseaba ver a la milagrosa Imagen de la Virgen del Valle. Estuve allí casi toda la tarde. No sabía qué hacer, pues había olvidado las pocas oraciones aprendidas, en mi infancia. Me juzgaba indigno de la misericordia de Dios. Oí entonces, sobre el techo de la Matriz, los mismos pavorosos tropeles que me tenían aterrado y mi ánimo se turbó aún más. El demonio quiere acaso arrancarme incluso del mismo lugar sagrado –me dije.
Gruesas gotas de transpiración corrían por su rostro al evocar aquellas horas angustiosas. -¿Trató de huir? –interrogó Don Bernabé.
– Verá usted –respondió-. Quedé, permanecí allí pese a mi sobresalto. Pero le pedí angustiosamente a la Santa Virgen del Valle que me protegiera y ayudara. Caían ya las sombras de la noche y el templo comenzó a llenarse de oscuridad. Pero al toque lento y conciliador del Ángelus, la Imagen de la Virgen parecía iluminarse. Y, oh prodigioso, en aquel instante penetró una luz suavísima en mi espíritu y una absoluta serenidad se apoderó de todo mi ser. Parecía que nacía de nuevo. Y en efecto –concluyó con todo firme y convencido- nací a una nueva vida de cristiano, después de la confesión sacramental que allí mismo hice con el sacerdote que encontré a mi paso.
Venían otras personas a buscar a Don Bernabé Correa y Navarro, de modo que ambos se pusieron de pie. Mientras el converso se despedía, dijo: La Virgen del Valle, buen amigo, devolvió la dignidad a mi vida, tonándome al camino del bien.
Fuente: Libro “Historia Popular de la Virgen del Valle” del Presbítero Alberto S. Miranda.